EL SENTIDO DE AQUEL DÍA
El tiempo avanzaba lentamente mientras observaba el bosque pintado de tonos grises. No hacía falta que parase esas agujas imaginarias como siempre había deseado. Él, despacio, avanzaba.
El sonido del río y el canto de los pájaros me envolvían en tranquilidad. Los escuchaba tan profundamente que mis pensamientos estaban llenos de melodías vivas y alegres.
Podría estar así para siempre, mientras el tic-tac imperceptible continuaba sonando en otro lugar de mi espaciosa mente. Todo lo que veía era nuevo, eran unas nuevas sensaciones. Como si hubiese vuelto a nacer: quería descubrirlo todo. Todo me llamaba la atención.
Cuando cerraba los ojos me imaginaba un mundo. Un mundo precioso donde nos aceptábamos los unos a los otros, donde nuestras diferencias eran aquello que nos hacía especiales y nos unía con los demás. Aquella enorme diversidad era lo que nos podía mantener en aquel hilo invisible por el que todos estábamos pasando y en el que todos nos manteníamos entrelazados.
Interiorizaba un poco más y lograba ver un paisaje lleno de vida: un bosque verde, florecido con preciosas flores de multitud de colores, un sinfín de aves volando hacía muchos lugares. Podía ver como fluía el río, de la misma manera en la que todos fluíamos.
Así fue como me di cuenta que el tiempo en realidad estaba quieto y éramos todos, todo lo demás, lo que circulaba.
Aquello que le daba sentido al tiempo no eran los segundos, ni las horas, ni los años. Aquello que le daba sentido éramos todos nosotros.
Comentarios
Publicar un comentario