EL RATONCITO FELIZ
Érase una vez un pequeño roedor, acostumbrado a estudiar y trabajar por y para sus padres. El era feliz de ello.
Cada día hacía labores bastante complicadas y nunca recibía nada a cambio. A veces era reñido por pequeños fallos que cualquiera podría cometer pero el ratoncillo nunca se quejó de nada.
Cuando por fin cumplió 16 años decidió ir a estudiar a la ciudad, quería ser el cabecilla de una cadena de restaurantes. Después de buscar muchos lugares donde poder recibir cierta hospitalidad encontró la casa de una familia de murciélagos.
Eran muy trabajadores, des de la hija más pequeña hasta el miembro más mayor; le recordaban a su familia y eso hizo que quisiera empatizar más con ellos, que quisiera descubrir más de ellos. Cada paso que daba más cerca hacia interior de todos, más se fijaba en cosas que nunca comparó antes: Aquella familia era mucho mas acogedora que la suya, todos cooperaban mucho más, se ayudaban y nunca se sermoneaban, daba igual el error que cometiese uno.
A nuestro protagonista orejudo le encantaba estar en esa casa, se sentía uno más de la familia y les ayudaba a todos sin querer recibir nada a cambio.
Un día, la más pequeña de todos los murciélagos estaba llorando en lo más profundo del hogar y él la antepuso a ella antes que cualquier otra cosa:
- Qué te pasa pequeñita?
- Mi mamá no me compró el abrigo que quería, a pesar de tener mucho frío, en cambio le compró uno a mi padre, cuando el ya tenía uno que le abrigaba mucho.
- No te sientas mal, seguro que es por algo, no es que no seas más importante o menos importante, no te preocupes.
- ¡Me preocupo! ¡Me molesta! - y la cría echó a llorar, cabreada y triste. El ratón la abrazó y al rato, cuando ella paró de llorar, marchó.
Él quería comprobar por qué su amiga estaba así, pensó tanto en como se podía sentir que pensó: ¿Por qué yo nunca me sentí así antes, si el trato que tenían mis padres conmigo fue peor?
Esa pregunta estuvo en su cabeza días, semanas, inclusive meses. Mientras más rato pasaba con aquella preciosa familia más triste se ponía el ratón, hasta que un día se puso a llorar, se puso a llorar por algo que comprendió mucho más tarde, después de haber pensado mucho. Lloró por que se dio cuenta de que nunca tuvo una buena familia, lloró porque descubrió lo que era tener una buena familia y después de eso no volvió a llorar nunca más.
Creció y creció y se olvidó de la familia de murciélagos, el ratón quedó ciego, cojo, vivía en los peores suburbios de la ciudad, se casó y tan rápido como se casó, se separó, teniendo a cargo cinco ratoncillos que cuidar y por culpa de su mal estado económico los perdió... Pasaron demasiadas cosas pero nunca, nunca volvió a llorar. Nunca más trato de pensar si lo demás estarían tristes en su lugar, simplemente vivió, entendiendo cada motivo, descubriendo cada cosa que pasaba a su alrededor, daba igual si era mala para los demás porque él no trataría de pensar si realmente era mala para él; el ratón solo quería sonreír el resto de vida que le quedaba, ya que descubrió una cosa, igual que alguien se pondría triste por todas las cosas que vivió, alguien tendría que sonreír por todas las cosas que todavía podía mantener y hacer.
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