MÁSCARAS

En el palacio todos llevaban alegres y coloridas máscaras.
La princesa reía y bailaba con todos.
Todos eran buenos con ella y así creció: pensando de que, pasara lo que pasara, todos serían amables con ella. Todos la amarían incondicionalmente.
Un día, cuando la princesa cumplió los 16,  sucedió un infortunio. El pueblo se rebeló contra la monarquía. Asaltaron el castillo, con armas y fuego y como suelen salir las emboscadas, la realeza fue derrotada. Por suerte la princesa se pudo salvar, escapó por unos túneles que llevaban a una ciudad.
Era la primera vez que estaba fuera de su enorme fortaleza, donde todo el mundo llevaba máscaras a excepción de ella. La inocente princesa del reino de los mentirosos y las patrañas, de los embusteros y el engaño.
En medio de esas calles de enormes edificios hechos de ladrillos, ya desgastados. Con grietas enormes y un montón de apaños. Entre medio de esas calles había cientos de personas: sentadas pidiendo limosnas, niños jugando y corriendo por los callejones, señoras hablando, sentadas en sillas, hombres arreglando una casa, gatos paseando y perros que no te dejan pasar, personas con la compra y personas que viene de al río agua buscar.
A pesar de que nadie fue capaz de reconocerla por sus pintas raídas, sucia y despeinada. Nadie se ofreció a ayudarla, a darle de comer o a darle tan siquiera un vaso de agua.
La gente la miraba antipática

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